jueves, 25 de octubre de 2012

Confiar en renacer

Había una vez una persona a la que le apetecía recluirse. Tenía ganas de mirarse a sí misma. Tenía ganas de mirar su interior. No quería estar con otras personas. Los demás sacaban de su boca cosas que realmente no quería decir. Pasaba una época en la que le sobraban las palabras. Tenía que hacer esfuerzos para hablar. No quería comunicarse con palabras. Tener que explicarse era un sacrificio. El silencio, la protegía. La soledad, la socorría.
Se estaba desmoronando su ego y no sabía a qué atenerse.
Se estaba desmoronando su casa. La casa en la que había vivido toda su vida. La casa donde se había refugiado siempre.
No tenía que pintar, ni tampoco tapar algunos agujeros de las paredes. Había pintado otras veces, incluso variado el color de las paredes. Pero ya no se podían poner más capas de pintura. Ya no se podían cubrir los desperfectos.
Tampoco tenía que tirar algunos muebles, ni vaciarlos. Tenía que hacerlos trizas.
Tenía que derrumbar completamente su morada. Desde los cimientos. No podía quedar nada antiguo sin revisar. Debían desaparecer todos los rincones. Lo que llevaba años instalado debía desinstalarse.
Tenía que destrozar todas las cerraduras y abrir con firmeza las puertas. Toser polvo. Respirar humedades. Tenía que tirar las paredes. Pisar los escombros. Romper los candados de los recuerdos y vapulearlos. Dejar salir los demonios del sótano.
Rajar los cuadros. Partir las perchas. Despedazar el ajuar.
Romper los cristales, las ventanas y las persianas. Pasar frío y calor. Soportar las inclemencias del exterior.
Todo debía quedar al aire libre y a la vista. Cualquiera podía verlo: completamente demolido, en la más absoluta desolación.
Desprenderse de su ego era lo más difícil que había tenido que vivir. Hasta temblaba su fe.
Pero ahora podía mirar atrás agradecida y mirar hacia adelante ilusionada.
Siempre había encontrado la rigidez en el exterior. Siempre había encontrado el error en el exterior. Siempre había encontrado la intolerancia en el exterior...
Ahora el exterior y el interior eran la misma cosa.
Ahora podía renacer.


Confiar en renacer

Recuerdo Tú eres yo:
Un cuento indio.
El elefante y la alondra eran amigos. La alondra le enseñaba los rincones más sombreados de la selva. El elefante, por la noche, protegía de serpientes su nido.
Un día el elefante dijo a la alondra que le tenía envidia por poder volar, creía que con su peso era imposible. La alondra le dijo que era muy fácil, se quitó con el pico una pluma de la cola y le dijo:
- Aprieta fuerte esta pluma en la boca y agita rápidamente las orejas arriba y abajo.
El elefante lo hizo y notó que poco a poco se levantaba, despegaba, se sostenía en el aire y podía volar. Vio la tierra desde las alturas, los animales y los hombres. Cruzó el río, exploró paisajes desconocidos y volvió feliz a aterrizar al lugar donde estaba la alondra.
- No sabes cuánto te agradezco esta pluma milagrosa.
- Oh, esa pluma... La verdad es que no vale nada. Se me iba a caer de todos modos y era inútil. Pero tenía que darte algo para que creyeras en ti, y se me ocurrió eso. Tú hubieras podido volar de todos modos.

Lo siento. Por favor, perdóname. Gracias. Te amo.

2 comentarios:

Gracia Sánchez dijo...

Precioso...... estamos empezando a renacer y nos sobran las palabras. Te quiero, valoro tu opinión y respeto tu silencio. Sé que estas ahí enfrente, lo se. Con tu permiso comparto en redes. Un beso y una sonrisa :-)))))))

Rosa Lázaro dijo...

Estoy tan contenta con tu comentario!!!
Te quiero, valoro tu opinión y respeto tus palabras :)